17/07/09

dos Galiardos


Me temo que Julio Buchs es un nombre no ya olvidado, sino jamás tenido en cuenta por la inmensa mayoría de quienes se dedican a hablar y escribir sobre el cine de nuestro país. Y, sin embargo, desde hace ya largos años, cada película suya que alcanzan mis ojos desprende esa agradable sensación de haber descubierto algo.
Buchs trabajó casi siempre dentro de los márgenes de los géneros puros que marcaban la oferta y la demanda, pero rebasando los niveles de la mera explotación y dotando a sus obras de un contenido humano que todavía hoy nos revela algo de verdad. Así ocurre, por ejemplo, en una comedia de enredos eróticos como El Apartamento de la tentación, protagonizada por Juan Luís Galiardo y Carmen Sevilla, una de cuyas pequeñas sorpresas radica en el cameo final de Francisco Rabal admirando la portentosa anatomía de la Sevilla, que se pasea por Madrid en paños menores.
Cuatro años después, Galiardo protagonizaría una especie de noir rojigualdo dirigido por el veteranísimo Rafael Gil. Novios de la muerte viene a ser un A Quemarropa en el que el protagonista, para cobrar venganza, debe alistarse en los tercios de Ceuta. Allí descubrirá que por encima de traiciones de cama y rivalidades entre amigos, está el espíritu de la Legión. Una pieza extraña y mal acabada en la que sobresalen los alucinantes planos en que Galiardo cree ver a la exhuberante Helga Liné –también presente en la comedia de Buchs- en biquini. Sintiéndose vencido por la belleza de tamaña femme fatale, el legionario suelta en off perlas como: Es una hija de Satanás, pero que buena está o Como menea el anca la muy puerca.
Y no le falta razón, lo meneaba todo de primera la importada berlinesa. Y es que la Liné causaba tanta sensación que hasta corrió el rumor popular de que en una tarde de toros, al percatarse de que un astado clavaba sus ojos en los bajos de su minifalda desde la arena, la mujer le devolvió la mirada cantándole al toro un pasaje del pasodoble Francisco Alegre de Quintero, León y Quiroga: Torito bravo no me lo mires de esa manera... Cosas bonitas las que escudriñan los toros y demás cornudos de España.

1/07/09

Richard o la impotencia


Richard Fountain (Patrick Mower) es incapaz de consumar con su novia, así que, después de un escarceo con un amigo afro, viaja a Grecia para tratar de solventar el problema, que sólo superará convirtiéndose en un vampiro sadomaso. He aquí como Incense for the Damned justifica el vampirismo como una perversión sadomasoquista.
También conocida por el título americano Bloodsuckers, la película fue titulada sencillamente Vampiros en nuestro país, siendo una más de esas producciones británicas que aprovechaban como podían los últimos estertores del legado que había dejado la Hammer en la década anterior. Pero, a diferencia de los clásicos de Fisher, Sasdy o Roy Ward Baker, de concepto tan bien definido, aquí nos sobresalta una estética confusa y a menudo contradictoria que trata de aunar tres cosas tan distintas como el terror nocturno, el paisaje mediterráneo y un look pop rayano en la blaxploitation.
Como película de terror resulta un fiasco de muchos quilates y supura una suerte de erotismo más bien pobre, por lo que hay que buscarle el atractivo en la tangente: reírse a gusto con una patética persecución sobre mulas o con el discurso que el propio Richard le endilga a la plana mayor de Oxford cagándose en el academicismo y proclamando la libertad y la apertura de miras. Lo curioso –y no sé si del todo irónico- es que la crítica a la endogamia universitaria –ese otro vampirismo- venga de labios de un chupasangres desbravado. Poca mordiente, sí, pero pueden aprovecharse los dientes para reírse un poco.

28/06/09

cita en el Caffe Aurora


Qué tiempos aquellos en los que las cosas estaban claras y el chocolate espeso. Hoy por ejemplo, cuando un etarra mata por la espalda a algún señor, ya a casi nadie se le ocurre pensar que es un criminal, un asesino o un hijo de la grandísima puta. ¿A dónde va Usted a parar?
Gracias a la educación por la ciudadanía que nuestros hijos nos traen cada día a la mesa, hoy sabemos que, si bien Usted o yo podemos expresarnos, quejarnos y patalear a través de estas letras, el pobre etarra seguro que ha tenido una infancia difícil y por eso debe de ser analfabeto o puede que, siendo vasco de pura cepa, descienda de una estirpe de macacos distinta, mucho más prístina e incontaminada, y todo ello le impide expresarse con el habla y la escritura. Por eso es que se comunica con las armas. Y, como suelen ser tímidos, nunca dialogan de cara a su interlocutor, pero le dejan regalitos debajo del coche.
Ahora todo esto lo tenemos la mar de asumido, pero en el setenta y cinco era todo muy distinto. Entonces a los encapuchados que iban por ahí ametrallando y poniendo bombas se les llamaba, oiga Usted, terroristas. Y hasta se hacían películas en que los terroristas eran malos y mataban no sólo a señores, sino también a mujeres y niños. Fíjese que en una película inglesa rodada en Italia, dirigida por un canadiense, un señor americano al que le matan la familia unos encapuchados que se hacen pasar por su canguro, se toma la cosa a la mesopotámica y decide cargarse a todos los encapuchados, ya sea rompiéndoles el cuello con una cadena, ya sea a tiro sucio.
El señor lo interpreta un actor muy bueno que se llama George Kennedy, al que la venganza se le da de primera. La película me ha parecido estupenda, muy bien ambientada y rodada con eso que en el setenta y cinco se ve que algunos aún llevaban entre las piernas. Hay hasta cosas que parecen de brujería, como eso de que no paren de hablar todo el tiempo del “Programa Nueve Once”. ¿Qué fuerte, verdad?
Me ha encantado un plano en el que una mujer, en el economato que atacan los terroristas, acaba haciéndose con una matralleta y acribilla a uno de ellos mientras su hijito rubio de pocos años la mira con los ojos muy abiertos. El director canadiense se llamaba Edward Dmytryk y murió hace diez años. Las cosas claras y el chocolate espeso.

capullito de alhelí


Pues no, no me acordaba. Ayer por la tarde me puse a ver la película sin tener conciencia de que se celebraba eso que llaman el Día del Orgullo Gay –y no será porque me falte interés por determinados perfiles lésbicos- y de que en esta ciudad se vitoreaban ya unos festejos que terminarán hoy con una rúa loquiloca.
Pero, lo mismo da, uno es coherente con su exquisitez y hasta en el mayor de los aislamientos seguiría degustando manjar escópico de primera clase. Así que acomodé el caca en la lisa sillita y empezaron a embriagarme las imágenes de tapetes bordados a ganchillo y la melodía instrumental del inmortal tema que el portorriqueño Rafael Hernández compuso allá por mil novecientos veinticinco. Y, aunque no puede considerarse una película enteramente de autor –el guión original brota del ingenio revistil de Juan José Alonso Millán- posee todas las virtudes del nunca suficientemente bien ponderado Mariano Ozores.
Ozores sí sabe sacarle provecho a los monstruos y aquí tiene a dos: José Luís López Vázquez y Jesús Puente –sí, el que antaño estrenara las obras de Buero Vallejo- en el papel de hombres maduros que se han enamorado por correspondencia y que piensan unir sus vidas justo el... 23 de febrero del ochenta y uno.
Moisés”, cuenta la carátula, “es un homosexual correcto, que nunca se ha metido con nadie”, idea que se subraya una y mil veces a lo largo del metraje en el que se ofrece como contrapunto la figura de una fascista valenciana muy señorona, la rotunda Florinda Chico, que sale a la calle con mantilla negra y bandera rojigualda a corear el paso de los tanques con una adaptación feminizada de El Novio de la Muerte. Acerezan el pastel doña Gracita Morales encarnando a una puta con el brazo enyesado, Antonio Ozores como vecino toca cojones y Alfonso del Real en un papel episódico pero sentido.
No niego que el Capullito original, realizado por el extraordinario Fernando Soler en el cuarenta y cinco, debió de ser una alhaja, pero este otro Capullazo merece la pena verse, y más en fecha tan señalada en la que por fortuna o por desgracia, lo que priman son ya los homosexuales incorrectos que se meten con todo Cristo.

27/06/09

pesadillas diurnas para un hombre ciego


El bueno de Boris Karloff murió en el sesenta y nueve y esta película se rodó dos años antes. Vivió el señor su invierno español en pleno verano, un estío de playa y colonia de artistas, con mansiones de estilo arábigo, hippismo demudado y costumbrismo petardista.
El coleccionista de cadáveres es una de esas películas en las que la cámara se pone donde puede y muestra muy poquita cosa. Es pieza para amantes de la teratología de pequeño formato pues, si bien no encontrará en ella perla alguna, si hallará más de una protuberancia cuyo destello fugaz no pasará desapercibido.
La cosa empieza más o menos bien, con unos créditos coloridos, seguidos del estrangulamiento de un gitano jorobado que alquila sombrillas. Pero, a partir de ahí, el director, Santos Alcocer, se pierde en pulposas asimetrías que mezclan el tipismo flamenco con una fallida pretensión de cosmopolitismo. Todo lo cual me gusta, porque convendrán conmigo en que no hay nada más aburrido que el cosmopolitismo triunfante.
A Karloff se le nota lleno de paciencia –México cura de espantos- en su papel de escultor ciego manipulado por una especie de Gala filo-nazi interpretada por la sueca Viveca Lindfors. De hecho, uno de los pasajes más austrohúngaros del film nos muestra a Lindsfors metida en la cama, de día, protegida con un antifaz y sufriendo una pesadilla en la que se ve a sí misma uniformada, fustigando a una chiquilla rubia con trenzas. Después se presenta disfrazada de esta guisa en una fiesta de disfraces y baila con su lover que anda vestido de esqueleto.
Momentos como estos bien merecen un visionado, aunque para ello haya que apechugar con un tipismo andaluz lastimoso y con ciertos giros fonéticos de dobladillo. Además, Alcocer incurre con demasiada facilidad en el mismo yerro que cometió Miguel M. Delgado en tantas aventuras del Santo: coloca la cámara en lo alto, para captar todo el espacio donde se desarrolla la acción y manda la tensión dramática y estética a hacer puñetas. Para compensar, encontramos la imperfecta, pero pizpireta Rosenda Monteros que pinta lo concreto para acceder a lo abstracto. Ahí está el detalle.

26/06/09

el club del fuego eterno


Echaba de menos los bosques, los brincos, las carreras, las persecuciones a caballo, los tutes sobre ventanas y tejados... Y eso es lo que ofrece a mansalva The Hellfire Club, a pesar de su título.
Escrita e interpretada por algunos de los genios habituales de la Hammer, la película, que aquí se conoce como Los caballeros del Infierno, parte del tópico de la nobleza viciosa y corrupta, tan caro al terror británico de la época, para desviarse rápidamente hacia el folletín de capa y espada que, la verdad sea dicha, los ingleses manejan casi tan bien como los gabachos.
Resulta harto más que interesante asistir a esta sinergia de escenarios, personajes y situaciones que la Hammer exprimía hasta la última gota en sus films de satanismo y vampiros, pero que aquí aparecen reconvertidos en un sínodo de proezas perpetradas por acróbatas y espadachines.
Más allá de las orgías, el ademán de sacrificios humanos y demás vilezas propias de la aristocracia decadente, figura otro de los paisajes habituales del fantástico inglés: el circo itinerante. No podía faltar, por supuesto, un enano que, con habilidad peculiar, derriba a un tipo de estatura media dándole un cabezazo en las partes.
Siempre que veo una pieza británica de este periodo, me subyugan sus neblinosos efluvios eróticos y la belleza de sus actrices. Aquí se incrementan los fulgores de la checoslovaca Kai Fischer y de la escocesa Adrienne Corri, la primera con aspecto de campesina pelirroja, la segunda bastante más clásica, pero bañada en un cierto hálito de malicia. Un cúmulo de belleza admirable nos deja este vaivén de sombras coloridas que es el cine.