Más de una semana llevaba ya sin asomarme a esta cuesta. Hay tormentas que le enlodan a uno hasta los más severos apetitos, pero, cómo permanecer en este silencio desapartado al conocer la mala nueva de otro maestro inasible que se nos va. Ojos, gestos y voz, todo era temblor emocional en la figura inconfundible de este genio de la escena capaz de labrar una prodigiosa filigrana a partir de cualquier insulsa patochada y de elevar a la categoría de lo humano la más plana línea de diálogo debida a la impericia del guionista más iletrado. Dueño de un caudal inmenso, ya casi eterno, inagotable, José Luís López Vázquez nos deja aún más solos y más mustios que ayer.
Nos ha legado, sí, inapelables muestras de su talento encarnando personajes penetrantes e indelebles. Su nombre hace crecer y se crece junto al de Berlanga, Ferreri, Saura, Olea… Pero, ante todo, su partida nos deja desnudos frente a la descarnada imagen que ofrece de nosotros mismos el renegrido azogue del tiempo. Cada vez que veamos una de esas insustanciales peliculitas de cajón de sastre, con sus personajitos de patrón y sus chistes desabridos, constataremos una vez más por qué tugurios de mal ingenio hubo de pulular uno de los mayores monstruos de la escena ibérica y europea. Margaritas a los cerdos.
Perdón, maestro, si no lloro sólo por Usted, sino también por todos nosotros. Descanse en Paz, que a nosotros nos queda, en el mejor de los casos, la conciencia.




